El 11 de noviembre último, en la ciudad de Da Nang, Vietnam, concluyó la XXV Reunión de Líderes del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés). En dicho evento se congregaron los 21 líderes de las economías que conforman el APEC, las cuales representan cerca del 56.6% del PBI mundial, según cifras del Banco Mundial a 2016.

 

En el marco de este evento, se tenía mucha expectativa en la intervención de dos de los líderes de las economías más representativas del bloque: EE.UU. y China, cuya participación en el producto total del mismo es de un 38.6% y un 21.7%, respectivamente. Por un lado, el mandatario de los EE.UU., Donald Trump, expondría sus ideas sobre un comercio “justo” para todos, y en particular para su país, mientras que el presidente de China, Xi Jinping, hablaría sobre los beneficios de un crecimiento compartido y colaborativo entre los países, con énfasis en la integración más profunda de los mismos.

 

Así, resultó bastante anecdótico ver cómo el presidente de uno de los países más grandes del mundo, que conduce sus políticas de crecimiento y desarrollo a partir del capitalismo, libertad económica e integración con los mercados globales, exponga su desaprobación al comercio multilateral por parte de EE.UU. con los demás países “indoasiáticos” (termino que utilizó para referirse a las economías que forman parte de esta nueva estrategia geopolítica), por ser no equitativos y generar desventajas para su país. Asimismo, llamó la atención que el mandatario de China, un país cuya forma de gobierno es un Estado socialista, que ha tendido a desarrollarse bajo políticas nacionalistas, y con participación en el comercio internacional que beneficia a su industria nacional, lance mensajes positivos sobre los acuerdos multilaterales y la búsqueda del crecimiento compartido basado en la colaboración entre países.

 

“De ahora en adelante, vamos a competir en una base justa y equitativa. No vamos a permitir que se siga tomando ventaja sobre EE.UU. Yo siempre voy a poner a EE.UU. primero”, fue una de las frases del presidente Trump. Ello respondería a la absurda y desfasada idea de que registrar un déficit comercial indicaría que tal o cual acuerdo no estaría siendo beneficioso para los intereses del país en cuestión. De acuerdo con cifras del Centro de Comercio Internacional, en 2016, el intercambio comercial entre EE.UU. y China fue de US$ 597,118 millones, de los cuales US$ 115,600 millones representaron exportaciones de EE.UU. y US$ 481,516 millones fueron compras del mismo. Esto significaría un déficit en la balanza comercial con China de US$ 365,916 millones. Así, para el presidente Trump, los acuerdos comerciales multilaterales son desfavorables, y buscaría establecer acuerdos bilaterales para determinar las condiciones con las que EE.UU. velaría por los intereses de su población, a fin de obtener mayor “reciprocidad”.

 

“Debemos continuar fomentando una economía abierta que beneficie a todos. La apertura trae progreso (…).” El mandatario de China, por su parte, expuso su visión del mundo como uno interconectado, caracterizado por la economía digital y colaborativa, donde además surgen continuamente nuevos avances tecnológicos y científicos como la ciencia cuántica. En este ámbito, el presidente Xi Jinping considera indispensable incentivar la economía globalizada mediante “alianzas basadas en la confianza mutua, la inclusión, la cooperación (…).”

 

Un ejemplo de la liberalización económica que se viene dando en China es el anuncio que Xi Jinping dio durante la visita de Donald Trump a su nación, donde informó que reduciría aún más las barreras para los sectores de banca, seguros y finanzas. Desde la reunión de líderes del APEC de 2016, el mandatario chino dio señales de tener la intención de ocupar el vacío que estaría dejando EE.UU. en cuanto a encabezar la integración global, propósito que en la reunión de este año no ha hecho más que confirmar.

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No cabe duda de que ambos países van por caminos distintos en lo que a comercio e integración con el mundo se refiere. Nuestro país ya vivió la etapa de gobiernos proteccionistas que se resistían a competir en los mercados globales y que desaprovecharon la oportunidad de beneficiarse del comercio exterior. Afortunadamente, desde hace más de veinte años, la política comercial del Perú ha trascendido los gobiernos y se mantiene firme en el objetivo de acercar oportunidades para todos, a partir de integrarnos con nuevos mercados, así como de aportar a la reducción de la pobreza, fin último al que toda política pública debería apuntar.

 

El desarrollo y el crecimiento económico sostenido no se consiguen cerrándose al mundo o “estableciendo condiciones ventajosas para uno”. El comercio exterior es un juego win-win, que debemos saber aprovechar al máximo para el bienestar de la economía en su conjunto.

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